jueves, 13 de marzo de 2008

ALMENDRADO


En el verano, la intensidad del calor produce que en los basurales la mugre acumule nubes de insectos y que el arremolinado olor nauseabundo alcance la ventana de mi habitación. Pero evitando sufrir con esta desgracia me quedo en la vereda de mi casa, examinando todas aquellas heroicas criaturas humanas que caminan y corretean a lo largo de la calle mostrando sus cuerpos semi desnudos y sudados bajo el atroz brillo de un sol que no ofrece tregua. Decido entonces caminar a lo largo de la avenida, casi sin rumbo, algo desganado, dudoso, casi diría temeroso, pero con el objetivo irrenunciable de hacer algo por mi vida de una vez por todas, pensando en miles de ideas de las cuales quizás ponga en práctica una sola y con la que seguramente no quedaré satisfecho.
Finalmente, en esta tarde en el que siento la pesadez de mi cuerpo, el sabor salado de mi sudor que ya se asoma a mis labios secos y mi tristeza por no saber qué mierda hacer con mi deplorable vida, decido darme el gusto de tomar un helado.
Hacía mucho que no tomaba helado. De hecho, hacía años que no lo hacía, quizás por ser parte de mi infancia y por ser una de aquellas cosas que me hacían felíz junto a mi abuelo, del mismo modo en que me gratificaban todas esas cosas que venían de él. Tomar helado por las tarde era una de ellas. Era como volver a sentir a mi abuelo con vida, sentir otra vez estar con él.
El olor dulzón a obléa de cucurucho me trae recuerdos. La heladería tiene aire acondicionado y gracias a ello mis gotas de sudor parecen regresar al interior de mi piel como resignadas. Apenas entro advierto la presencia de cuatro personas sentadas, distribuídas en todo el salón, solitarias y mudas con un helado en la mano. Siento, aun sin importancia, un ambiente demasiado silencioso. Me sorprendo yo mismo de mi media sonrisa, la que configuré mientras estaba acercándome al mostrador para hacer mi pedido. Mis ojos exploraron a una esquina del salón; sentado, un hombre increíblemente obeso me observaba con una mirada fija, mientras enterraba su cuchara en un pote de helado de medio kilo.
-¿Qué te sirvo?
La voz del hombre detrás del mostrador sonó grave. Sus facciones contraídas y su piel arrugada mostraban una imagen extrañamente conjugada con su gorro y delantal blanco.
-Hmm- dudo un poco sobre la cantidad que quiero. Pero antes de consultar a mi antojo y a mi estómago lo hago con mi bolsillo. Recuerdo que ahí descansan los 10 pesos que los iba a usar ,hoy también, para tirarlo en el cyber viendo porno o chateando con alguno de mis amigos. Dejo romper lo cotidiano en pos de vivir un día distinto y me importa todo una mierda –Dame uno de ocho pesos. Hmm que sea en cucurucho.
-¿Qué gusto?- me pregunta con su voz grave y seca.
Y yo sin pensarlo, sin dejar una milésima de segundo después de su pregunta ya esperada, le respondo.
-Almendrado.
El heladero giró sobre sí y quitó de una caja uno de aquellos cucuruchos grandes, aquellos que en las fotos de las paredes se mostraban gigantescos, montando una mole colorida de gustos. Volvió su mirada hacia mí y me examinó inquieto.
Mis ojos se encontraron con los suyos, fijos e imperturbables.
Su silencio e inmovilidad me perturbaron. Advertí que mi media sonrisa ya no estaba ahí donde la tenía segundos antes y frente a esa mirada adusta del hombre vestido de blanco mis ojos se auxiliaron posándose en la mirada de aquellos presentes en el salón. Pero también me dí cuenta que ellos me estaban mirando.
-¿Qué gusto, flaco?- el heladero me pregunta, o me increpa, o me exige, o se enoja, o todo al mismo tiempo con su fuerte mirada.
Mis ojos se abren más, de la misma forma en como se petrifican cuando uno observa y piensa al mismo tiempo. Como un tonto dudoso, pienso si le dije lo que en verdad le dije.
-Ehh...sí, almendrado te dije- respondo vacilando.
-Sí, ¿qué más?- dice frunciendo levemente el ceño.
-Ehh..no nada más.
-Son dos gustos- me dice esta vez mirándome impaciente.
-No, no quiero otro gusto, almendrado nada más.
-Es un helado de ocho pesos- su voz se siente más grave aun que al principio. Y noto un ligero e incomprensible disgusto.
-Sólo almendrado- digo meneando un poco la cabeza.
-Ahí están los gustos- me señala fríamente con un dedo el cartel de madera colgado cerca del cartel de neón donde está el nombre de la heladería. Se acerca otra vez mirándome, casi como si fuese a gruñir –Elegí otro más. No elijas ese solo.
Parpadeo con una sensación rara de vergüenza y nervios que me sube por el estómago y me forma un indescriptible nudo en la garganta. Trago saliva inquieto. Observo alrededor y confirmo que los demás presentes siguen con su mirada clavada en mí, y enigmáticamente, con una expresión similar con la que el heladero me asediaba ante el mostrador. El hombre obeso con el medio kilo de helado ya no tomaba, ni se movía, me observaba con su mirada extraviada, como si yo fuera una rata de laboratorio encerrada en una jaula. La mujer grande de anteojos que estaba a metros suyo mantenía su cuerpo quieto, sentada con su falda bajo las rodillas, mirándome sin parpadear con una mano sosteniendo un pequeño helado, el cual parecía derretirse hace largos minutos, manchando todo su brazo de un rojo frambuesa como la sangre.
-Ehh, quiero un solo gusto, nada más, o sea...es el que prefiero, no quiero otro. Quiero ese solo. Por favor- mi voz parecía la de un niño rezando en su habitación a oscuras, sintiendo miedo.
El heladero me miraba frunciendo el entrecejo.
-Mirá flaco, a ver si nos entendemos- bajó su brazo con fuerza a una de las heladeras golpeando con su palma- Son dos gustos. Entendés?. Uno, dos. Dos. Ni tres, ni uno solo. ¡¡Dos!!.
Casi puedo decir a esta altura que mis ojos mostraron angustia.
-Ehh...bueno, entonces quiero otro más chico. De un solo gusto. Un cucurucho de cuatro o cinco pesos. Y sólo almendrado, por favor. No quiero dos gustos...
-“Por favor”...ja- dijo alguien a mis espaldas y chistó.
Giré mi vista y ví que dos mujeres ancianas me observaban como si fuese yo parte de una obra de teatro. Una de ellas sostenía un bombón helado en palito casi a terminar, y la otra un vaso de agua. Percibí que ambas tenían la comisura de los labios manchadas, como esos niños que aun no saben comer solos.
-Con el precio más chico siguen siendo dos gustos- replica el heladero casi sin abrir la boca y una mirada que sólo se contempla en alguien que infunde odio –Dos gustos. Almendrado..y qué más?
Trago saliva otra vez. Ya no puedo diferenciar si el frío extremo que siento es por el aire acondicionado o si proviene de mi cuerpo.
-Señor...no tomo otro gusto porque sólo prefiero ese. O sea...no me gusta ninguno más. El helado para mí siempre es de almendrado. Nada más. Los demás no me gustan.
-Hay gustos nuevos. Marroc, mascarpone, frutos del bosque...
-No- digo otra vez en un tono casi de súplica.
-¿Probaste ya esos?- me pregunta como si mi respuesta negativa manifestara algo grave. El hombre eleva la voz -¡¿Probaste o no?!
-No, no los probé pero....
-Entonces no hables boludeces.
-¿Pero hay algo malo en que pida un solo gusto?
-¡A ver pibe si yo me explico bien....porque quiero creer que quizás soy yo el que no te está diciendo bien las cosas, aunque estoy ya pensando un poco lo contrario y parece que no querés entender!- se quitó el gorro blanco y se apoyó en la heladera del mostrador con ambos brazos –¡Acá, se pide dos gustos. Te doy almendrado y otro más...y si no querés elegir te lo doy yo, o hacemos democracia entre los que estamos acá y te damos el gusto que pensemos nosotros que sea el mejor!...¡Y tienen que ser dos, carajo!
Estupefacto, boquiabierto, intenté articular palabra de respuesta para semejante locura.
-Almendrado y chocolate amargo, ¿qué te parece?- me dice.
-¿Qué?- mi rostro se desencaja.
-Puede ser con chocolate amargo. O Con sambayón al ron.
-No- mis facciones contorsionadas expresaban algo que estaba ya muy lejos de mi inicial media sonrisa. El frío intenso que sentía ahora hizo que me dieran ganas de orinar.
-¿Chocolate amargo o sambayón al ron?- repite.
-No...por dios, quiero almendrado, nada más...por favor...- sentía que ya no tenía ganas de hablar –Y quiero el cucurucho de ocho pesos o alguno de menos, lo que sea, pero quiero sólo un gusto.
Alguien suspiró en el salón. Me dí cuenta que era el hombre obeso sentado en aquella esquina con ese pote de medio kilo. Seguía manteniendo su mirada fija en mí, pero en esta ocasión al escuchar atento mi implorar movió la cabeza en gesto de reprobación. Miré al heladero y sentí en sus ojos ahora una muestra de terror. Retrocedió con la mirada fija en mí y echó mano a una de las tapas del freezer donde se guardan los baldes con todos los sabores. Todo eso, tratando de no apartar su vista de mi imagen del otro lado del mostrador. Y mantuvo esa inquietante actitud mientras me servía el helado. Lo hacía como si en vez de ello me estuviese preparando una comida ponzoñosa. Una receta demoníaca de la que no podría tener retorno.
Me senté en uno de los bancos a disfrutar del helado.
Y lo cierto es que lo disfruté tanto que una vez que lo terminé me dieron ganas de quedarme ahí, en ese lugar. Compartiendo esas extrañas miradas a las que en un principio había sentido como una manifestación de inspección, como una violencia a mi cuerpo, eran miradas que dolían. Pero ahora que estaba sentado, tenía la sensación maravillosa de observar a quienes entraban, porque sabía que yo también podía hacerlo. Ahora estaba del otro lado. Y todos, las dos ancianas, el gordo, la mujer con el helado derretido y yo esperábamos a cualquier otro que tuviese la valentía de comprarse algún helado de un solo sabor.




1 comentario:

SAITAM dijo...

El helado de Marroc es una delicia, cual el bombon del cual sale el gusto.

El de "frutos del bosque" está bien, pero tiene cierto gustito a alcohol que no está mal.

Almendrado? habré probado una vez.

Helado de un solo gusto? con dos no me alcanzan..

:)